08 diciembre 2009

Cuentos...

El otro día adquirí algunos libros de cuentos, que me recomendaron en el curso Superior de este verano, y creo que me estan ayudando en este momento de mi vida y pueden ayudar a los jugadores/as que estoy entrenando actualmente.

Creo que són un gran recurso para hacer ver a los jugadores/as aquello que les quería enseñar sin que se sientan atacados... Cuando tienes una "charla" en un vestuario o en la pista, el jugador se pone a la defensiva, he observado que con los cuentos no lo hacen, és más, te escuchan y además se llevan la moraleja.

Los iré colgando poco a poco en este post... I colgaré un link en la pestaña superior del blog para poder acceder de manera más ràpida.

Voy a ello:

El ciempiés bailarin:

Este cuento está sacado del libro: "La vida viene a cuento". Autores: Jaume Soler y María Mercé Conangla. Editorial: Integral.

Antes de contar el cuento.... compartiré con vosotros una frase que leí durante el curso superior y que me hizo reflexionar mucho:
"Un entrenador no tiene la capacidad de dar talento a un jugador (aunque si de mejorarle), pero cuidado, porque un entrenador si tiene la capacidad de quitarle el talento a un jugador"


" Había una vez un ciempiés que era un gran bailarín. Cuando bailaba, todos los animales se reunían para admirarlo porque su habilidad era impresionante. Pero había uno de los animales al que no le gustaba que el ciempiés bailase. Era el sapo.

El sapo envidiaba al ciempiés. Así que pensó qué podía hacer para que éste dejara de bailar y, evidentemente, no generara tanta admiración. Una posibilidad habría sido decirle al ciempiés que no le gustaba su danza o que él bailaba mucho mejor. Pero nada de esto era cierto. Así que invirtió su energía en preparar un plan diabólico. Después de pensar la mejor estrategia para conseguirlo, mandó la siguiente carta al ciempiés:

- "¡ Ah, incomparable ciempiés! Soy un gran admirador de tu danza refinada. Me gustaría que me enseñaras a bailar. ¿Levantas primero el pie izquierdo número 28 y, a continuación, el pie derecho número 91? ¿O bien empiezas levantando el pie izquierdo número 17 antes de levantar el derecho número 91? Espero impacientemente tu respuesta. Te saluda, atentamente, el Sapo"

Cuando el ciempiés leyó la carta, empezó a pensar qué era lo que hacía exactamente cuando bailaba. ¿Qué pierna levantaba primero? ¿Cuál después?

¿Y qué creéis que sucedió? Pues que el ciempiés no volvió a bailar jamás porque esto es exactamente lo que pasa cuando la imaginación y la espontaneidad son ahogadas por la racionalización y el exceso de control.



Los ciegos y el elefante:

Este cuento está sacado del libro: "Los mejores cuentos espirituales de Oriente". Autor: Ramiro Calle. Editorial: Integral.

Y está muy bien para aquellos jugadores/as que saben tanto... ahí va:

"Había un maharajá que mandó reunir a todos los ciegos de una ciudad y pidió que les pusieran delante un elefante y que contasen, al ir tocando al animal, qué les parecía.
Unos dijeron, tras tocar la cabeza. "Parece un cacharro"; los que tocaron la oreja aseguraron: "Parece un cesto para aventar"; los que tocaron el colmillo: "Es como una reja de arado"; los que palparon el cuerpo: "Es como un granero".
Y así, como cada uno estaba convencido de lo que declaraba, comenzaron a querellarse entre ellos, se insultaron y llegaron a las manos, aseverando cada uno de ellos tener la razón.

El maharajá sonrió, se dió la vuelta y se marchó".



La tristeza y la furia:

Para aquellos momentos en los que debemos resolver alguna situación conflictiva...

Este cuento está sacado del libro de Jorge Bucay, libros de cuentos.

"En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas...
Había una vez... un estanque maravilloso. Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...

Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia. Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos entraron al estanque.

La furia, apurada (como siempre esta la furia), urgida -sin saber por qué- se baño rápidamente y mas rápidamente aun, salió del agua... Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró... Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza... Y así vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.
En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad... está escondida la tristeza."



El cruce del río:

Para aquellos que se obsesionan con algún fallo...

Es de Jorge Bucay, del libro "Déjame que te cuente". Editorial: Integral.

"Había una vez dos monjes zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron al río, vieron a una mujer que lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.

-¿Que te sucede?- le preguntó el más anciano.

- Mi madre se muere. Está sola en casa, al otro lado del río, y yo no puedo cruzar. Lo intenté -siguió la joven-, pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda... Pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora... Ahora que habéis aparecido vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar...

- Ojalá pudiéramos -se lamentó el más joven-. Pero la única manera de ayudarte sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Lo tenemos prohibido... Lo siento.

- Yo también lo siento- dijo la mujer. y siguió llorando. El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo:

La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su hatillo de ropa y subió a horcajadas sobre el monje.

Con bastante dificultad, el monje cruzó el rió, seguido por el joven.

Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó al anciano monje con intención de besar sus manos.

-Está bien, está bien -dijo el viejo retirando sus manos-, sigue tu camino.

La mujer se inclinó con gratitud y humildad, recogió sus ropas y corrió por el camino hacia el pueblo.

Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio. Aún les quedaban diez horas de caminata...

Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:

-Yo la llevé a través del río, es cierto. pero ¿qué te pasa a ti que todavía la cargas sobre tus hombros?."



El elefante encadenado:

Está sacado del libro: "Déjame que te cuente".Autor: Jorge Bucay.Editorial: Integral

Este lo he usado para afrontar retos en los que habíamos fracasado constantemente en el pasado...

"Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales... Pero después de su actuación y hata poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.

Sin embargo la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

El misterio sigue pareciéndome evidente.

¿Qué lo sujeta entonces? Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: "Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?"

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.

Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante de circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy, muy pequeño.

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.

Imaginé que se dormí agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro... Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.

Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.

Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza..."



El país de las cucharas largas:

Está sacado del libro: "Déjame que te cuente".Autor: Jorge Bucay. Editorial: Integral

Lo utilizé estas navidades para hablar del equipo, la primera noche de la concentración de un torneo para hacer una reflexión sobre el trabajo equipo...

"Aquel señor había viajado mucho. A lo largo de su vida había visto cientos de países reales o imaginarios...

Uno de los viajes que más recordaba era su corta visita al país de las cucharas largas. Había llegado a la frontera por casualidad. El sinuoso camino terminaba en una sola casa enorme. Al acercarse, notó que la mansión parecía dividida en dos pabellones: un ala oeste y un ala este. Estacionó el auto y se acercó a la casa. En la puerta, un cartel anunciaba:

"PAÏS DE LAS CUCHARAS LARGAS" ESTE PEQUEÑO PAÍS CONSTA SÓLO DE DOS HABITACIONES LLAMADAS NEGRA Y BLANCA. PARA RECORRERLO, DEBE AVANZAR POR EL PASILLO HASTA QUE ESTE SE DIVIDE Y DOBLAR A LA DERECHA SI QUIERE VISITAR LA HABITACIÓN NEGRA, O A LA IZQUIERDA SI LO QUE QUIERE ES VISITAR LA HABITACIÓN BLANCA.

El hombre avanzó por el pasillo y el azar lo hizo doblar primero a la derecha. Un nuevo corredor de unos cincuenta metros terminaba en una puerta enorme. Desde los primeros pasas por el pasillo, empezó a escuchar los "ayes" y quejidos que venían de la habitación negra.

Por un momento las exclamaciones de dolor y sufrimiento lo hicieron dudar, pero siguió adelante. Llegó a la puerta, la abrió y entró.

Sentados alrededor de una mesa enorme, había cientos de personas. En el centro de la mesa estaban los manjares más exquisitos que cualquiera podría imaginar y aunque todos tenían una cuchara con la que alcanzaban el plato central... se estaban muriendo de hambre. El motivo era que las cucharas tenían el doble de largo que su brazo y estaban fijadas a sus manos. De este modo todos podían servirse, pero nadie podía llevarse el alimento a la boca. La situación era tan desesperante y los gritos tan desgarradores, que el hombre dio media vuelta y salió casi huyendo del salón.

Volvió al hall central y tomó el pasillo de la izquierda, que iba a la habitación blanca. Un corredor igual al otro terminaba en una puerta similar. La única diferencia era que, en cambio, no había quejidos, ni lamentos. Al llegar a la puerta, el explorador giró el picaporte y entró en el cuarto.

Cientos de personas estaban también sentados en una mesa igual a la de la habitación negra. También en el centro había manjares exquisitos. También cada persona tenía una cuchara larga fijada a su mano...

¡Pero nadie se quejaba ni lamentaba. Nadie estaba muriendo de hambre, porque todos.. ¡se daban de comer unos a otros!!!

El hombre sonrió, se dio media vuelta y salió de la habitación blanca. Cuando escucho el "clic" de la puerta que se cerraba se encontró de pronto y misteriosamente, en su propio auto."




El guerrero:

Está sacado del libro: "Cuentos para pensar".Autor: Jorge Bucay. Editorial: Integral

Lo utilizé estas navidades el día antes de la final del torneo...

El cuerpo gigantesco del guerrero sumerio estaba arado de cicatrices y su piel curtida por el sol y la nieve.

Su nombre era Jormá, y cuenta esta historia que cierta vez, mientras cabalgaba con tres de sus amigos de una ciudad a otra, sufrieron una emboscada a manos de sus más crueles enemigos.

Los cuatro guerreros combatieron con fiereza pero sólo Jormá consiguió sobrevivir, sus tres amigos cayeron muertos durante la lucha.

Ensangrentado y exhausto, Jormá se dio cuenta de que necesitaba descansar, reponer fuerzas y sanar sus heridas.

Miró a su alrededor en busca de un lugar seguro y divisó una pequeña caverna excavada en una montaña cercana.

Casi arrastrándose llegó hasta allí y una vez dentro de la cueva, extendió sobre el piso su piel de oso y se quedó profundamente dormido.

Horas o días después, lo despertó el hambre.

Sintió que su estómago reclamaba algo caliente. Todabía dolorido Jormá decidió salir a juntar ramas y troncos secos para prender un pequeño fuego en su guarida transitoria y comer así un poco de la carne salada que llevaba consigo.

Cuando la luz de las llamas iluminó el interior del refugio, el guerrero no podía creer lo que veía: El reducto que había encontrado no era simplemente una cuevam era un templo, un templo excavado en la roca.

...Por las inscripciones y los símbolos, el sumerio descubrió que el templo había sido construido en honor a un solo dios...

El dios Gotzú.

Jormá había aprendido a desconfiar de las casualidades, y quizás por eso no dudó en pensar que sus pasos habían sido conducidos hasta la cueva por el mismísimo dios del templo, para poder así guardar su sueño.

Jormá concluyó que esta era una señal:

Desde entonces enconmendaría su espada al dios Gotsú.

Se quedaría allí hasta que sus heridas curasen.

Mientras tanto, prendería un gran fuego debajo del altar que presedía la inmensa imagen en piedra del dios y cazaría algún animal al que sacrificar en su honor.

Cinco días y cinco noches más estuvo el guerrero en la cueva de la montaña, reponiéndose y honrando a Gotzú.

Durante ese tiempo nunca dejó que se apagara la llama que iluminaba el altar.

Al sexto día, Jormá se dio cuenta de que era hora de seguir su camino, y quiso dejar, antes de partir, una ofrenda a Gotzú en señal de gratitud.

- Una llama eterna - pensó - pero cómo conseguirla?

Jormá salió de la cueva y se sentó en una roca al borde del sendero a meditar sobre el problema.

Ssabía que un poco de aceite ayudaría a mantener la lama, pero no era suficiente.

Pensó, por un momento que quizás debía buscar mucha leña, tanta como para que nunca se consumiera;tanta, que durara eternamente....pero rápidamente se dio cuenta de lo vano del esfuerzo....mucha madera aumentaría la intensidad del fuego pero no la duración de la llama....

Un monje, de túnica blanca, que caminaba por el sendero se detuvo frente a Jormá.

Tal vez de puro curiosos o quizás por la sorpresa de ver a un guerrero en tan reflexiva actitud, el caso es que el monje se sentó frente al sumerui y se quedó inmóvil mirándolo como si pasara a ser parte del paisaje.

Horas después, cuando el sol ya caía, Jormá, todavía seguía pensando.....

Lo ocupaba tanto su problema que no se sorprendió demasiado cuando el monje le habló:

- Qué te pasa guerrero?. Parece preocupado...Puedo ayudarte?.

- No lo creo - dijo el guerrero - Esta cueva, mi señor es el templo del dios Gotzú, a quien hace cinco lunas he consagrado como mi protector, el destiatario de mis oraciones, el objeto último de mi lucha. Pronto deberé partir y quisiera honrarlo

eternamente, pero no sé como conseguir que la llama que he encendido dure para siempre.

El monje meneó la cabeza y como si hubiera adivinado el camino que había recorrido el pensamiento guerrero le dijo:

- Para que la llama sea eterna, necesitarás algo más que madera y aceite..

- Qué cosa? - Se apuró a preguntar Jormá - Qué más necesito?.

- Magia - dijo el monje secamente,

- Pero yo no soy mago, ni sé de magia..

- Sólo la magia puede conseguir que algo sea eterno.

- Yo quiero que la llama sea eterna - dijo el guerrero..y siguió -

....Si consigo la magia, Me puedes asegurar que la llama para Gotzú será eterna?.

- Asegurar?. Hace una semana ni siquiera sabías de la existencia de este templo a Gotzú..y hoy quieres para él, un homenaje eterno. Eso es lo que hoy deseas....Es que acaso tú puedes asegurar que tu deseo será eterno?....

Jormá hizo silencio.

El guerrero se dio cuenta de que nadie podía afirmar la eternidad de un deseo...

El monje volvió a menear la cabeza y se puso de pie..

Se acercó a Jormá y apoyándole la mano abierta en el pecho, y le dijo:

- Te diré un secreto:

"La magia sólo dura mientras persiste el deseo!!!"